Empresario uno, empresarializado otro

Empresario uno, empresarializado otro

El abismo entre quien ejerce la función de empresario y quien padece la condición de ser "empresarializado"

En Cuadernos de Criterios Gerenciales queremos comprometernos con la dignidad humana primero, y con las desgarradoras consecuencias que se infieren de tal compromiso después. Por esa razón, en esta entrada hacemos el esfuerzo de diferenciar dos conceptos hermanados terminológicamente, pero separados por un abismo inconmensurable: el empresario y el empresarializado (así como la diferencia correlativa entre vida empresarial y vida empresarializada). Dos nociones que no guardan entre sí sintonía ni continuidad alguna, salvo por la raíz común de su origen.

La primera categoría, la del empresario, se refiere a un ser humano que, en condiciones apropiadas, asume la iniciativa de organizar recursos, coordinar capacidades y asumir riesgos materiales dentro del cuerpo social, para la generación de valor, bienes o servicios. En su dimensión genuina, la función empresarial representa una agencia responsable: la capacidad de deliberar, fijar fines colectivos, responder ante la incertidumbre e intervenir en la realidad con un sentido de utilidad, sostenibilidad y compromiso con su comunidad. La vida empresarial, bajo esta premisa, es la trayectoria de quien ejerce esa función operativa y estratégica manteniendo intacta la frontera vital entre lo que hace (su función social) y lo que es (su identidad humana).

El empresarializado, en cambio, es la víctima dolorosa de una aplicación desbordada y voraz de la lógica de mercado sobre la propia subjetividad. No designa una función o un rol profesional, sino una condición de existencia mutilada. El sujeto empresarializado es aquel que ha sido inducido a percibirse, evaluarse y sufrir el peso de gestionarse a sí mismo como un activo contable, un producto en tormentosa optimización perpetua o una trágica «empresa de un solo hombre».

El filósofo italiano Franco «Bifo» Berardi (miembro de esa estirpe de pensadores en peligro de extinción) ha profundizado en esta dinámica mediante su concepto de «autoempresa», describiendo un sistema implacable en el que la libido, el afecto y la energía vital son secuestrados y gobernados bajo los principios de la economía mercantil. Es un cercamiento existencial que nos aboca a un suplicio silencioso: cada fragmento de nuestra actividad mental, cada destello de imaginación o intimidad, debe ser despojado de su gratuidad, formateado y transformado en capital.

En el peldaño más bajo de la escalera social, subsiste el ser empresarializado a vida completa. Este es el vendutero de ropas usadas cuya vida vale menos que la ropa que vende ¿Sabes tú cual es el precio de la muerte? el mismo de la vida del haitiano que cruza la frontera hacia la República Dominicana, el mismo del africano que se lanza al mar para llegar a las orillas de Europa y el mismo latinoamericano que, votando por Donald Trump, está siendo botado por el peor ejemplar de humanidad, después de Netanyahu, por supuesto. Para el que lleva una vida empresarializada, morir se cuenta como costo operativo.

En la parte media de la escalera sigue la empresarialización de la vida, pero con recursos que alcanzan para perfumar la miseria. Pierre Dardot y Christian Laval lo han advertido: este proceso alumbra a un sujeto habitado por la angustia y obcecado por la competición; un individuo acorralado por el dolo de un anhelo neurótico, condenado a la constante y tiránica superación de sus propios límites.

Aquí, la vida empresarializada ahoga la condición humana hasta la sofocación. La subjetividad se desangra en un estado de hipercompetitividad donde no hay tregua: el autocuidado deja de ser refugio y se renombra fríamente como «mantenimiento del capital humano»; el dolor y la angustia más legítimas son despojados de su sentido humano y patologizados como un indecoroso «déficit de resiliencia»; y los lazos afectivos pierden su calidez para convertirse en el cálculo estéril del networking. Es el triunfo de un tormento interior que el sujeto experimenta en la soledad de su rendimiento. Toda su miserable vida es una empresa: su vida empresarializada.

Mientras que el empresario ejerce un criterio sobre recursos externos para construir una organización, el empresarializado es el rehén de una razón gerencial desbocada que ha colonizado su fuero interno, obligándolo a autoexplotarse con desesperación bajo el espejismo anestésico del autoliderazgo y del exceso de positividad de la que nos habla Chul Han.

Asumir la dignidad humana como premisa exige a la alta dirección trazar este límite con claridad absoluta. El verdadero criterio gerencial no consiste en diseñar dispositivos para empresarializar la vida de los colaboradores ni en exigirles que entreguen las vísceras y el psiquismo al rendimiento de la organización, sino en crear estructuras organizativas éticas, sostenibles y funcionales que respeten la condición humana como un fin en sí mismo, y jamás como un mero recurso en permanente y doloroso proceso de valorización.

En situación extrema, al empresario le queda vida para gestionar empresas. Al hombre o mujer empresarializado/a no le queda vida, porque todo aquello con lo que cuenta es su propio ser devorado como entelequia empresarializada.

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