Conceptos de frontera

Conceptos de frontera

¿Y si los términos que usamos diariamente dicen otra cosa distinta de lo que creemos que dicen?

Todo concepto tiene un límite: un punto hasta donde puede estirarse sin dejar de ser lo que es. El término «ciencia de frontera» por ejemplo, ya nombra esa idea para la investigación; trabajos que operan en los bordes aceptables de lo que cuenta como ciencia. En Cuadernos de Criterios Gerenciales tomamos prestada esa lógica para crear la categoría «Conceptos de frontera», a la que pertenece esta entrada. Un concepto de frontera es una idea que trabaja en los bordes semánticos del significado de un término, sin desnaturalizar del todo su carga conceptual. Otras veces ocurre con neologismos genuinos, como «tecnofeudalismo», popularizado por Yanis Varoufakis para nombrar una realidad económica emergente que todavía no ha sido caracterizada del todo.

En esta sección trabajaremos en dos direcciones: conceptos nuevos que todo tomador de decisiones complejas debería conocer, y términos ya existentes cuyo sentido fue degradado hasta significar algo distinto de lo que normativamente deberían significar. Este segundo ejercicio exige un «desplazamiento semántico» incómodo: pasar de lo que yo creía que algo significaba, a lo que real y efectivamente puede significar, cuando se somete a examen, dentro del contexto de los otros conceptos con los que guarda relación.

Wittgenstein lo planteó con una precisión que sigue intacta: «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». Para el ejecutivo que responde preguntas en la mesa del Consejo de Dirección, el mensaje es directo: solo puedes pensar, conocer y comunicar aquello para lo que cuentas con los conceptos apropiados. Lo que no se puede nombrar queda, literalmente, fuera de tu comprensión. Pero Wittgenstein deja abierta la pregunta que más le importa a la gerencia: ¿Dónde exactamente está ese límite? La respuesta más precisa la ofrece la tradición inferencialista: un concepto se estira hasta el punto exacto en que las inferencias que antes eran válidas dejan de serlo. No hay un muro que separa el uso correcto de un término, del abuso y mal uso del mismo. Lo que sí hay es un punto en el que las razones que ese concepto autorizaba dejan, silenciosamente, de sostenerse, es decir, se vuelve insostenible.

Veamos un caso. La resiliencia, en su sentido legítimo, autoriza una inferencia concreta: si alguien es resiliente, entonces merece el apoyo necesario para recuperarse y volver a un estado funcional. La resiliencia es tránsito, no un destino. Pero cuando se estira hasta significar «aguantar situaciones insoportables», esa inferencia se invierte: ya no autoriza a intervenir sobre la situación, autoriza a dejarla intacta y exigirle a la persona que la tolere indefinidamente. La palabra sigue sonando igual; la razón que antes justificaba ayudar ahora justifica no hacer nada.

Reconocer ese punto produce, casi siempre, un «malestar epistemológico» porque rompe esquemas mentales bien establecidos a fuerza de repetición. Cuando surgió el término «posverdad», por ejemplo, el malestar fue exactamente ese: después de acostumbrarnos a pensar que algo «es verdad o es mentira», apareció una forma de distorsión donde los datos y el razonamiento dejan de ser determinantes, cediendo el paso a las emociones, las creencias y los «hechos alternativos» que, en rigor, no existen.

No se trata de innovación por moda, ni de reciclar palabras viejas con etiquetas nuevas. Un concepto de frontera exige rigor: saber exactamente dónde termina el significado legítimo de una idea y dónde empieza la distorsión. Términos como «agilidad», «liderazgo», «zona de confort», «resiliencia», «rotación del personal», «organigrama», «autoridad», y otros tantos de los más repetidos en la gerencia moderna podrían estar ya del lado equivocado de su propio límite. Ahí empieza nuestro trabajo: ir hasta el borde de cada concepto, exprimirlo, y ofrecer lo que quede.

Esta categoría no ofrece certezas empaquetadas ni fórmulas de aplicación inmediata. Ofrece algo incómodo, pero más valioso: la disciplina de preguntar qué significa realmente un concepto que se usa a diario sin cuestionarlo, y de aplicar, cada vez, la siguiente prueba:

Un concepto se estira hasta el punto exacto en que las inferencias que antes eran válidas dejan de serlo.

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