Carta de provocación (y de reflexión) para cooperativistas

Carta de provocación (y de reflexión) para cooperativistas

Si cooperar es mejor que competir, ¿por qué algunos cooperativistas, aun asumiendo ese compromiso, lo defienden como si no estuvieran muy seguros de que sea cierto?

Estimados cooperativistas,

El cooperativismo vive una contradicción difícil de ignorar: por un lado, es bien valorado por la sociedad; por otro, sigue siendo subestimado como proyecto económico, social y político lo suficientemente serio para contribuir con las transformaciones que demandan nuestros países. Mientras el discurso dominante gira en torno al crecimiento del PIB, la inversión extranjera y el sector privado tradicional, las cooperativas han funcionado casi en silencio como otra forma de economía, basada en la confianza, la solidaridad y la autogestión. Y aquí surge una pregunta incómoda, pero imprescindible: ¿y si el cooperativismo no fuera un complemento del sistema, sino una alternativa que cuestiona sus bases?

Es cierto que numerosas economías en desarrollo han crecido en las últimas décadas por encima de su promedio regional histórico, y que varias de ellas ocupan hoy posiciones destacadas entre las economías de su región. Pero ese crecimiento “economicista” convive, con demasiada frecuencia, con niveles insoportables de desigualdad, informalidad laboral y una protección social débil. En ese contexto, las cooperativas han servido como refugio para quienes quedan fuera del crédito formal, del empleo digno o de la estabilidad financiera. La cuestión que importa, sin embargo, es que el cooperativismo no nació para tapar los huecos del sistema, sino para plantear otra manera de organizar la economía en favor de los grupos poblacionales más vulnerables.

Justo aquí aparece una primera provocación: en el imaginario colectivo, las cooperativas suelen verse como algo menor, casi asistencial, frente a bancos y grandes empresas. Esta percepción no solo es equivocada, sino peligrosa. Es equivocada porque muchas cooperativas manejan activos importantes, ofrecen servicios complejos y sostienen redes económicas sólidas; y es peligrosa porque reduce su alcance. En efecto, si se las ve como soluciones pequeñas, nunca se las considerará como alternativas reales de impacto social.

En esencia, el cooperativismo cuestiona la lógica de acumulación individual. Propone propiedad colectiva, decisiones democráticas y distribución equitativa de beneficios. En países donde la concentración de riqueza sigue siendo un problema estructural, este modelo no debería estar en los márgenes del debate, sino en el centro. Y allí donde se discuten nuevos marcos regulatorios para el sector, la regulación, en lugar de un obstáculo, debería ser asumida como una forma favorable de fortalecimiento de la confianza en los presupuestos del cooperativismo.

Sin embargo, existe un problema interno del que se habla poco, y es que a medida que las cooperativas crecen, muchas adoptan prácticas propias de las empresas tradicionales, volviéndose jerárquicas, rígidas, tecnocráticas y distantes en cuanto a la relación entre dirigentes y la base social. Esto abre una tensión difícil:

¿Se puede crecer sin convertirse en lo mismo que se quería cambiar?

No hay una respuesta sencilla. Crecer permite mayor alcance y estabilidad, pero también trae riesgos: burocracia, concentración de poder y, lo peor, pérdida de identidad. El peligro latente consiste en terminar siendo un eco conformista del sistema financiero o, para decirlo de la manera satírica, como le escuché decir a un gerente, «un banco pintado de verde». Quizás el mayor fracaso sería que la gente nos vea como «instituciones financieras que aún no llegan a ser bancos», como si ese fuera el objetivo. En este punto es necesario aclarar que el crecimiento financiero de las cooperativas (cantidad) debe ir de la mano del desarrollo socioeconómico de sus asociados (calidad).

También existe una tarea cultural pendiente de atención, relacionada con el hecho de que el cooperativismo se basa en la confianza, la participación y la corresponsabilidad. Pero esos valores no aparecen de manera automática; deben ser cultivados. Nuestras sociedades deberían apostar más por el cooperativismo, pero para ello se requieren cooperativas que asuman el desafío de responder al estado de situación que impera en sus propios países. En este sentido, de nada sirve continuar promoviendo compulsivamente la creación de nuevas cooperativas, como si la proliferación de estas entidades (cantidad) se privilegiara sobre los fundamentos filosóficos de las mismas (calidad). No basta con crear cooperativas; hay que formar personas con mentalidad cooperativista.

Vale recalcar que el principal problema de fondo no es solo económico, sino cultural. No es falta de capital, sino de una ética colectiva sólida. Mientras predomine la lógica de resolver «individualmente» problemas que solo se resuelven «colectivamente», el cooperativismo seguirá siendo visto como algo útil en momentos de necesidad, pero no como un proyecto de vida. Cambiar esta manera de pensar no se solventa con incentivos o leyes; implica repensar qué entendemos por éxito, propiedad y comunidad. Esto es sumamente importante, si se sabe que, sociológicamente, el modelo social de buena parte de la juventud que habita nuestros barrios es «hacerse rico». ¿Puede un departamento de educación (brazo político de la cooperativa) lograr alto impacto social con un programa carente de atención a grupos poblacionales clave, como los jóvenes y las mujeres? A propósito de los jóvenes, ¿sabían ustedes que, si no se estimula su entrada en la vida cooperativista, nos enfrentaremos a un invierno demográfico interno —cooperativas formadas mayoritariamente por adultos mayores?

El sistema educativo tiene mucho que ver. Si el cooperativismo se enseña solo como una forma de empresa, pierde su fuerza. Debería abordarse como una forma de vida, como práctica democrática y como herramienta de empoderamiento colectivo. Sin eso, las cooperativas corren el riesgo de vaciarse por dentro. La provocación es que una cooperativa tiene que ser social y económicamente relevante en los entornos en los que opera. Y si no lo es, ya está condenada por anticipado. Cuando una cooperativa entra en la fase de «irrelevancia», la intervención del ente regulador correspondiente solo sirve para subsanar los aspectos institucionales —la fiebre— dejando intactos los componentes sociales de su deterioro —la infección.

Desde el punto de vista económico, el modelo cooperativo tiene ventajas claras: distribuye mejor los beneficios, fortalece lo local y piensa a largo plazo. En países expuestos a crisis externas, eso no es menor. Pero tampoco hay que idealizar: no todas las cooperativas son eficientes ni transparentes. Hay mala gestión, conflictos internos y desviaciones. Ignorarlo no ayuda; reconocerlo es parte necesaria para fortalecer el movimiento.

Los nuevos desafíos están ahí, esperando a líderes y consejeros «atrevidos» capaces de ver más allá de la esquina. Definir el horizonte de posibilidades estratégicas del cooperativismo implica extender los modelos de negocios más allá del ahorro, el crédito y la agricultura; por ejemplo, avanzar hacia la tecnología, las energías renovables, la salud o la economía digital. ¿Qué pasaría con una cooperativa de productores compitiendo globalmente? ¿O con redes energéticas comunitarias basadas en fuentes limpias? Lo que vale para una región de un país vale igual para cualquier otra. El futuro está abierto, pero solo para mentes abiertas atravesadas por los principios y valores del cooperativismo.

Hasta ahora, muchas cooperativas han operado a la defensiva, protegiendo a sus miembros de las fallas del sistema. Lo que hace falta es una actitud más ofensiva, como, por ejemplo, disputar espacios, influir en las reglas y proponer modelos alternativos de hibridación entre lo social y lo económico, como escuché decir una vez a un líder cooperativista:

«Debemos actuar sabiendo que lo social tiene una dimensión económica, y lo económico, una dimensión social.»

Una idea incómoda es que el cooperativismo no será realmente transformador mientras no asuma una dimensión sociopolítica de alto impacto. Si se limita a ser una opción más, su impacto será limitado. El punto es que los líderes de los órganos de administración y control tienen que incomodar, cuestionar, proponer y romper con la inercia de la costumbre, pero siempre bajo el enfoque, la orientación y la dirección de un plan estratégico de vanguardia.

Esta reflexión no estaría completa si no se plantean algunas preguntas fundamentales:

●¿Por qué no existe educación cooperativa en los programas de educación secundaria?

●¿Por qué no tenemos universidades o centros hospitalarios cooperativos?

●¿Dónde quedan el discurso y la práctica ambiental del sector?

●¿Qué aporta el cooperativismo en la lucha contra la desigualdad de género?

●¿Qué lugar ocupa el consumo responsable en los programas de educación a socios?

●¿Por qué no hay mayor presencia en el tema de vivienda, cuando es sabido que una vivienda ofrece una vida más tranquila, menos estresante y mucho más segura?

●Y en un plano más filosófico, ¿cómo se interpreta la «deuda» en nuestra cultura cooperativista: como herramienta de solución de problemas o como mecanismo de dependencia? No hay que olvidar que lo que antes se llamaba esclavitud, hoy suele tomar varios nombres, entre ellos, «endeudamiento».

El cooperativismo, en cada país donde se debaten hoy nuevos marcos regulatorios para el sector, se encuentra frente a una decisión importante. Puede seguir siendo importante, pero desde lo periférico, o puede convertirse en una fuerza central para un modelo de desarrollo más justo, participativo y sostenible. Lo segundo es más difícil, pero también más coherente con su origen porque, al final, el cooperativismo no trata solo de empresas; trata de cómo organizamos la vida en común, y esa es una cuestión que no se puede postergar.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *