Realismo capitalista y racionalidad empresarial actual
Realismo capitalista y racionalidad empresarial actual
Núcleo conceptual
Después de 25 años de consultoría en organizaciones lucrativas, públicas y de la sociedad civil, es inevitable pasar balance: ¿Qué sentido tiene optimizar estructuras si el resultado final es un modelo que consume la vida de quienes lo sostienen? Llegados a este punto, la disyuntiva ya no es solo técnica, sino de supervivencia: un sistema que convierte la existencia misma en una anomalía a corregir termina por vaciarse de sentido. En esta entrada conversamos sobre principios que orientan la manera de producir conocimientos, criterios y prácticas que conduzcan al replanteo de la lógica empresarial, en favor de causas que no se agotan en la maximización de utilidades, y provocan que la producción sirva a las personas, y no al revés.
Realismo capitalista
A Mark Fisher le debemos la idea de lo que hoy denominamos “realismo capitalista”, constituye una declaración de intenciones mediante la cual se da por sentado que el mercado es el único sistema económico posible. Para quienes se han desarrollado profesionalmente dentro de este esquema, el mercado y el capital aparecen como dimensiones intrínsecas del sistema, asumiendo para nosotros, las mismas propiedades que tiene el agua para los peces: no sabemos que vivimos en ella porque es el único entorno conocido. Si alguna alternativa distinta apareciera en el horizonte, los defensores del statu quo se encargarían de frenarla.
Bajo la lógica de la optimización continua, el mercado no tolera espacios neutrales. Desde una perspectiva puramente sistémica, cualquier dimensión de la existencia que no genere métricas de rendimiento representa un absurdo productivo. Vivimos en un exceso de positividad, de sobreproducción y de agotamiento. El trabajo se revela como aquella instancia que sobre determina todos los resquicios capitalizables de la existencia. Byung-Chul Han ha trabajado esto en el libro «La sociedad del cansancio» (Herder, 2012), en el que expone que el mandato moderno de rendimiento ha transformado la libertad en una forma sutil de explotación, y de auto explotación, en el caso de los emprendedores que asumen el doble rol de ser empleados y empleadores al mismo tiempo.
A partir de la narrativa vigente, sin filtro, el objetivo último del Capital no es solo administrar recursos, sino internalizar y convertir en activos rentables cada aspecto de la vida biológica y social que aún opera fuera de su control. Es una forma de totalitarismo que tiene su contraparte en la sumisión de la sociedad política y civil a los designios del Capital.
Llegado a este punto, resulta evidente la enorme capacidad del sistema para volverse recursivo, gestando las crisis que lo salvarán de la crisis anteriores. Pero el rasgo más fascinante del sistema de producción capitalista es su capacidad para transferir al capital los mismos atributos que los humanos confieren a sus dioses. Como ya advirtió Walter Benjamin en 1921, el capitalismo no es meramente un mecanismo económico, sino una formación cultual estricta: un culto hiper-ritualizado cuyo dios oculto es el Capital. Su exigencia es implacable: instaurar un régimen permanente donde la vida misma debe rendir tributo absoluto, haciendo que estar vivo al margen de la rentabilidad sea una anomalía insoportable. Para Benjamin, el capitalismo es una religión secular super efectiva, tanto como para provocar que el individuo que no cuenta con un centavo de capital, sea un defensor genuino y aguerrido de las virtudes del mercado. En síntesis, realismo capitalista quiere decir que no existe luz más allá del túnel del orden productivo vigente.
Lo que el capital no puede tolerar
Hay un diagnóstico que lleva un siglo gestándose en la trastienda del pensamiento económico: la historia del capitalismo no es la de un sistema que administra lo que tiene, sino la de una técnica que busca sin descanso lo que todavía no tiene. Sin algo nuevo que convertir en activo, el sistema se asfixia. Por eso, lo que no produce rendimiento es tratado como una anomalía que hay que corregir.
Este ciclo colisiona inevitablemente contra los límites físicos del planeta. El capitalismo nunca ha sido solo un sistema de compraventa que opera sobre la naturaleza; ha sido, desde el origen, una forma de organizar y extraer trabajo humano, energía y materia sin pagar su costo real de reproducción. Durante quinientos años, el motor funcionó gracias a una provisión infinita de «recursos baratos». El colapso ecológico actual no es un accidente o un error de cálculo que un poco de regulación cosmética vaya a resolver: es la señal de alarma de que la naturaleza barata se está acabando, y de que ya casi no quedan «afueras» de donde alimentarse sin que el entorno entero pase factura.
La vida como último territorio sin conquistar
¿Qué le queda al capital por colonizar cuando ya ha mercantilizado los átomos, el genoma, los océanos, el subsuelo y la atención? Le queda la vida en su sentido más elemental: el tiempo de existir sin producir, el cuerpo que descansa, el ecosistema que sostiene silenciosamente todas las condiciones de posibilidad de cualquier economía futura. Falta por colonizar el caminar reflexivo, la lectura desinteresada y la contemplación. Afirmar que estar vivo se vuelve una ofensa sistémica no significa que el capitalismo anhele la muerte, sino que su lógica carece de categorías para lo que simplemente «es» y no genera un dividendo.
Como señaló el propio Mark Fisher con agudeza, el realismo capitalista no solo captura lo que aún no rinde, sino que captura también la capacidad de imaginar que algo debería quedar fuera de esa exigencia. Otros hablan del proceso de medievalización del mundo, observando cómo cada vez menos personas concentran sumas extraordinarias de recursos, mientras el resto de la sociedad se conforma con acomodarse a los diseños que aquellos puedan elaborar. Jorge Alemán, el capitalismo, tal como lo conocemos, ha dejado de ser un sistema económico para devenir en dispositivo de producción de subjetividad que moldea el deseo y la vida individual. Capitalismo, tecno capitalismo o capitaloceno, todos se erigen como crítica de un modelo super exitoso, cuando se mide por sus propias métricas.
Pensar lo organizacional desde los bordes del capital
Escribo esto después de veinticinco años trabajando como consultor en organizaciones de todo tipo. No hablo desde fuera de la racionalidad empresarial, sino desde las entrañas de su ejercicio cotidiano. Mirando atrás, la pregunta fundamental no es si uno es «inocente» —nadie que haya navegado estas aguas lo es del todo—, sino si somos capaces de distinguir con precisión entre dos cosas que el lenguaje gerencial ha fundido deliberadamente en una sola:
- La racionalidad instrumental de coordinar, decidir y administrar recursos escasos (algo inherente a cualquier forma de vida organizada).
- La subordinación absoluta de esa racionalidad al imperativo de acumulación ilimitada, incluso a costa de destruir las bases que sostienen la vida.
Confundir ambas dimensiones es la victoria ideológica más silenciosa del capital: lograr que cuestionar la acumulación sin límites sea visto como un ataque a la posibilidad misma de organizar el trabajo.
Aquí es donde este espacio adquiere sentido ético. Cada vez que rechazamos naturalizar el crecimiento indefinido como único criterio de éxito, cuando exigimos que la palabra «valor» rinda cuentas de lo que realmente mide, o cuando distribuimos la autoridad en vez de concentrarla en un líder que administra la acumulación, estamos ejerciendo una resistencia lúcida: negarnos a que el capital colonice también nuestra manera de pensar lo posible. No hay un protocolo perfecto que disuelva la contradicción de vivir y trabajar dentro de este sistema. Pero hay una diferencia abismal entre ignorar la contradicción y sostenerla con los ojos abiertos, exigiéndonos en cada decisión la pregunta que el capital preferiría que nadie planteara: ¿esto que estoy a punto de decidir administra recursos de forma sensata, o está colonizando algo que todavía no debería rendir cuentas?
Sostener esa pregunta con disciplina es, quizás, la única brújula ética rigurosa que alguien que ejerce esta profesión puede ofrecerse a sí mismo y a su entorno.
Cierre
En cuadernos de Criterios Gerenciales creemos que, en el fondo, la urgencia de repensar el ejercicio empresarial no responde a un capricho teórico o ideológico, sino a una evidencia tan elemental como soslayada: la vida del productor vale infinitamente más que su producción. Un sistema que reduce a la persona a un mero recurso fungible y a la naturaleza a una cantera inagotable no es solo éticamente inaceptable; es, ante todo, un callejón sin salida material. Al matar la vitalidad de quien produce y agotar las bases físicas que lo sostienen, el capitalismo devora sus propias condiciones de existencia. Sostener la vida por encima del capital no es un acto de romanticismo ingenuo, sino el único criterio de cordura que le queda a cualquier forma de organización que aspire a tener un futuro.
Nuestro compromiso, por tanto, consiste en ayudar a las empresas a replantear, orientar y dotar de sentido su promesa de valor para la sociedad y sus clientes. Pero en el horizonte permanece abierta una pregunta incómoda y urgente: ¿Qué costos y transformaciones es capaz de soportar la sociedad para mantener el ritmo actual de producción y consumo? ¿Cuál es la naturaleza real de esa promesa de valor y a qué premisas éticas responde? ¿Qué concepción del desarrollo y del progreso puede sostener una organización en pleno Antropoceno? Es deseable que todas las personas en edad de conducir tengan un coche?
Independientemente de las respuestas que cada uno elija dar, la conclusión es ineludible: la lógica de producción imperante no es sostenible y camina hacia el colapso. Aquellas empresas que logren comprenderlo a tiempo estarán mucho más cerca de sobrevivir que las que decidan mirar hacia otro lado. Pero… atención, no se trata ni siquiera de la sobrevivencia de la empresa. Es cuestión de la vida en el planeta. Transparentar estos detalles no es un ejercicio intelectual, es, mejor dicho, una responsabilidad ética.

