Cuando la norma no alcanza
Cuando la norma no alcanza
“La ley es siempre un enunciado general, y hay casos que no es posible cubrir con un enunciado general.”
(Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro V)
Núcleo conceptual
Actuar con criterio es un nivel de compromiso mucho más complejo que simplemente obedecer normas. La norma protege contra el error promedio; el criterio responde por el caso concreto que la norma no puede anticipar. Confundir ambas cosas, creer que cumplir el protocolo agota la responsabilidad de actuar bien, es el error que tratamos de exponer en este análisis.
El caso
En junio de 2022, en el Mundial de Natación de Budapest, la nadadora estadounidense Anita Álvarez, de 25 años, competía en la final de solo libre de natación artística. Al terminar su rutina, se desvanece dentro del agua y se hunde, inconsciente. Los desmayos, según explicó después su propia entrenadora, no son infrecuentes en esta disciplina. El cuerpo de lo competidores entrenado hasta el límite a veces termina el ejercicio “dormido”, y la pérdida de conciencia se advierte, pero casi al final.
Los socorristas de la piscina, sin embargo, no se movieron. No por negligencia individual, sino porque, el reglamento vigente de la Federación Internacional de Natación les impedía intervenir sin una señal explícita del cuerpo de árbitros, una restricción diseñada, según explicó después el propio director del servicio de salud del Mundial, para evitar interrupciones del programa de competición “en caso de un eventual malentendido”. La norma, pensada para el caso promedio, no distinguía entre un desvanecimiento leve y una nadadora hundiéndose en el fondo de la piscina sin respirar.
Quien sí actuó fue Andrea Fuentes, la entrenadora de Álvarez, una exnadadora olímpica española. Al ver que los socorristas no reaccionaban, se lanzó al agua, vestida con ropa de calle que, al mojarse, dificultaba cada brazada. Buceó hasta el fondo y sacó a su nadadora a la superficie, luchando incluso contra uno de los propios socorristas que, ya tarde, intentaba intervenir y entorpecía el rescate sin coordinación. Álvarez estuvo cerca de dos minutos sin respirar. Se salvó porque alguien no estaba dispuesta a dejarla morir.
La brecha entre norma y criterio
Lo que este caso expone no es la maldad ni la incompetencia de los socorristas; es el límite estructural de cualquier norma, por bien diseñada que esté. Una regla se escribe para el universo de casos que su autor pudo anticipar. Cuando de la realidad emerge un caso, un problema o una situación fuera de ese universo, lo cual ocurrirá, tarde o temprano, quien solo sabe cumplir la norma quedará paralizado justo en el momento en que más se necesita que actúe.
Andrea Fuentes no tenía autorización para saltar a la piscina. No esperó una señal, porque el criterio, a diferencia de la norma, no funciona por autorización previa, funciona por la responsabilidad que se ha asumido en el momento del juicio, o de la decisión. Ella misma lo describió después con las siguientes palabras: “en ese momento no pensé, simplemente me dije: tienes que llegar lo más rápido que puedas”. Eso no es ausencia de pensamiento. Es el tipo de juicio práctico que Aristóteles denominaba Phronesis, la virtud que no se enseña como regla general porque opera precisamente donde la regla general ya no alcanza.

La entrenadora actuó mediante un análisis situacional inmediato: la discrepancia observada entre el comportamiento habitual de la deportista y la inmersión inerte de su cuerpo primó sobre las restricciones impuestas por el reglamento. Esta es una forma de apreciar la realidad que se coloca más allá de los parámetros establecidos para apreciar dicha realidad. No se trata de vulnerar la norma, sino de superarla. El criterio entra en escena cuando las políticas, las normativas y los procedimientos heredados agotan su capacidad de resolución frente a nuevos problemas que desbordan lo aprendido. Los socorristas operaron bajo un esquema de «obediencia ciega» a la jerarquía de control. El riesgo de penalización por romper la norma anuló el juicio profesional individual.
El propio episodio tuvo una consecuencia institucional: la Federación anunció que revisaría el protocolo. Es decir, la norma aprendió del caso resuelto por el criterio, el orden correcto de los acontecimientos, y no el orden en que muchas organizaciones querrían que ocurriera.
Cierre
Ninguna organización puede permitirse formar personas que solo sepan cumplir el protocolo hasta que el protocolo se quede corto. La pregunta que este caso le deja a cualquier gerente no es si sus normas están bien escritas, porque probablemente lo están, tanto como lo estaba el reglamento de la Federación Internacional de Natación, sino si su gente sabe, y sobre todo se siente autorizada, a actuar con criterio en el momento exacto en que la norma deja de cubrir el caso real que tiene enfrente. La lección que desafía a quien no puede mirar más allá de la norma es esta: actuar con criterio vale más que la obediencia ciega a una norma que ya agotó su capacidad de dialogar con la realidad.

